Los sueños del niñato

Editorial La Cúpula lleva haciendo las cosas muy bien durante mucho tiempo. Además de seguir su labor editorial, siempre con un mínimo de notable, lleva ya unos años rescatando su fondo en forma de álbumes con encuadernación en cartoné -algunas veces-, buen papel y con una calidad de reproducción estupenda.

Por este proceso están pasado obras de autores como Max (Las aventuras de Gustavo, Peter Punk, El prolongado sueño del señor T), Nazario (Anarcoma, Nuevas mujeres raras), Gallardo y Mediavilla -juntos (Makoki en la Modelo) o por separado (Los casos de Perro Nick, Juan Caravaca)-, Martí (Taxista, Atajos, está a punto de salir Dr. Vértigo), Alfredo Pons (Alta tensión) o Calonge (Delirio Gráfico). Si queréis un buen consejo, echarles un ojo, porque la mayor parte de estas obras merecen una revisión cuidadosa.

En este caso particular se empieza a vislumbrar un Gallardo que comienza a ser más contenido: un estilo de dibujo más cuidado, que va tomando más y más preponderancia sobre el texto, a la vez que su humor se va volviendo más fino y sarcástico. De hecho, es el dibujo el que guía ahora la narración, y los viajes alucinógenos tienen más que ver con los homenajes explícitos del autor a otros artistas que con las drogas en sí mismas.

El esquema de cada historieta es muy similar: las andanzas del protagonista (o más bien sus sueños, alucinaciones, o elucubraciones -ya que la mente del protagonista es un verdadero desastre- ) están generalmente inspiradas en alguna obra o artista a los que Gallardo admira. A veces la historieta transcurre en forma de pastiche, otras veces el homenaje es menos directo y se expresa de una manera menos directa; la cuestión es que bien por un motivo o por otro, el Niñato siempre termina por cometer algún tipo de acto irracional o inadecuado.

De esta forma, la referencia al Little Nemo de Winsor McCay parece obvia, con el protagonista siempre despertándose en la última viñeta, sin acabar de entender de que estaba soñando. Sin embargo, yo creo que aquí nos encontramos ante en una especie de homenaje inconsciente a Ibáñez: si las historietas de este siempre terminaban con una viñeta en la que se desarrollaba una persecución entre los damnificados (que trataban de agredir físicamente al o los protagonistas emitiendo toda clase de insultos) y los personajes principales, intentando justificar sus alocadas acciones en una suerte de último chiste, las historias del Niñato siempre terminan con los violentos exabruptos del padre -que nada tienen de educativos y que devuelven al lector al mundo real de sopetón-, y que la madre tiene trata de suavizar inútilmente.

By en día, donde el rigor histórico y el estudio exhaustivo de la época es una exigencia habitual en las normas no escritas del mercado francobelga, puede no parecernos tan notable, pero sin duda nos encontramos ante una de las obras que contribuyeron a la madurez del género, no sólo del cómic histórico, sino del cómic en general como medio.

Alrededor de los primeros ochenta surgió en España la estúpida confrontación entre los partidarios de la línea chunga y los partidarios de la línea clara, indudablemente inducida por el punk, y que en su momento fue objeto de una notable controversia. Afortunadamente, creo que esa discusión hoy se encuentra ampliamente superada dentro del mundo del cómic. Sin embargo, no puedo reprimir una malévola sonrisa cuando pienso que Gallardo, creador de Makoki y de Buitre Buitraker, realizaba estos juegos malabares con el Niñato. Poco tiempo después, Gallardo publicará su Pepito Magefesa en Cairo, lo que acabará redundando en una trayectoria mucho más coherente para su autor, que a pesar de renegar una temporada del medio, volverá en los noventa, consolídandose como una figura fundamental de la historia del cómic español.

Calificación:

Puntuación: 8 de 10.

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